¿Donde esta la corriente?
Como casi todos los años en primavera, menos el pasado que recalamos en el geriátrico de Benidorm, dicho esto sin ánimo de ofender la bondad de cuñados, nos desplazamos a la casa del pueblo. La idea era aprovechar ese tiempo festivo dedicado a pasear cristos y vírgenes en volandas de acá para allá, costumbre primaveral que dejo hace mucho tiempo de tener sentido para mi, para tomarnos este año si, unos días de sosiego en Sigüenza. Mi medio bollito y yo disfrutamos del dulce no hacer, de interminables y apacibles días de paseos, lecturas y de algún bricolaje en mi caso.
Todo iba según lo programado, salimos el jueves por la mañana después de trasladar maletas y viandas al automóvil y despedirnos entre lágrimas de nuestro pequeñín. La verdad es que ni siquiera su madre hecho una lagrimita y que el nene estaba más que contento pensado en nuestra larga ausencia, total que el único algo compungido por la separación era yo, fruto de mi extremada sensibilidad.
Acomodados en el auto, prietos los cinturones y henchidos de contentura pise el embrague, metí primera y nos lanzamos a la carretera. Propuse entonar la bella canción de viaje “en el auto de papa, vamos todos a pasear” pero mi medio bollo me hecho una de sus miradas destructivas y la canción se ahogo dentro de mi pecho antes de brotar. El viaje fue fluido y tranquilo, una vez que renuncie a mis intenciones cantoras. La carretera estaba correctamente asfaltada, la afluencia de automóviles era moderada y en algo menos de dos horas estábamos entrando en la ciudad de Sigüenza.
Sin embargo el destino nos deparaba una colosal sorpresa que mis capacidades, de natural precarias, no fueron capaces de anticipar.
sábado, 6 de abril de 2013
viernes, 5 de abril de 2013
Mis muertos vivientes.
No son zombis, no deambulan sin descanso por mi barrio, no se alimentan de mis vecinos, ni persiguen a mi mujer o mi hijo cuando salen a comprar el pan, no, no son de esos. Tampoco descansan sus viejos cuerpos en desvencijados ataúdes de criptas húmedas y mohosas, para salir a la puesta de sol a sorber la sangre de mis conocidos y continuar así con su eterna maldición, en mi barrio de una ciudad dormitorio no hay criptas mohosas donde esconderse del sol. Ni siquiera son los restos momificados de esos protagonistas de películas de serie B, arrastrando los harapos que un día fueron su envoltura mortuoria, devueltos a la vida por el vecino del 3º cuando leyó en voz alta, para intentar aclararse, la letra pequeña de su contrato de suministro eléctrico.
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