sábado, 6 de abril de 2013

Días de marzo: Jueves de santo martirio.

¿Donde esta la corriente?

Como casi todos los años en primavera, menos el pasado que recalamos en el geriátrico de Benidorm, dicho esto sin ánimo de ofender la bondad de cuñados, nos desplazamos a la casa del pueblo. La idea era aprovechar ese tiempo festivo dedicado a pasear cristos y vírgenes en volandas de acá para allá, costumbre primaveral que dejo hace mucho tiempo de tener sentido para mi, para tomarnos este año si, unos días de sosiego en Sigüenza. Mi medio bollito y yo disfrutamos del dulce no hacer, de interminables y apacibles días de paseos, lecturas y de algún bricolaje en mi caso.

Todo iba según lo programado, salimos el jueves por la mañana después de trasladar maletas y viandas al automóvil y despedirnos entre lágrimas de nuestro pequeñín. La verdad es que ni siquiera su madre hecho una lagrimita y que el nene estaba más que contento pensado en nuestra larga ausencia, total que el único algo compungido por la separación era yo, fruto de mi extremada sensibilidad.

Acomodados en el auto, prietos los cinturones y henchidos de contentura pise el embrague, metí primera y nos lanzamos a la carretera. Propuse entonar la bella canción de viaje “en el auto de papa, vamos todos a pasear” pero mi medio bollo me hecho una de sus miradas destructivas y la canción se ahogo dentro de mi pecho antes de brotar. El viaje fue fluido y tranquilo, una vez que renuncie a mis intenciones cantoras. La carretera estaba correctamente asfaltada, la afluencia de automóviles era moderada y en algo menos de dos horas estábamos entrando en la ciudad de Sigüenza.

Sin embargo el destino nos deparaba una colosal sorpresa que mis capacidades, de natural precarias, no fueron capaces de anticipar.

Sorprendentemente encontramos sitio a unos metros del caserón. Freno de mano, embrague meter primera parar motor y levantar pie del embrague, estas cosas que hacemos sin pensar por habituales son mas importantes de lo que creemos, sobre todo si pretendemos encontrar en el mismo sitio nuestro medio de transporte cuando lo detenemos y abandonamos en una pendiente del 40%, que es lo que a mi entender tiene de inclinación la cuesta de la calle Mayor a su paso por la puerta de casa.

Centrémonos en el mal que se cernía sobre nosotros y que no eran los negros nubarrones cargaditos de agua que circulando sobre nuestras cabezas empezaban a lanzarnos goterones de considerable tamaño. Sacar llaves, abrir cerrojo, empujar con fuerza para vencer la resistencia a abrirse del portalón, entrar girar a la izquierda levantar el interruptor general del fluido eléctrico y…… ¡¡¡no ocurrió nada!!! 


Lo normal hubiera sido que hubiera pasado algo, como que se iluminara el farolillo que por lo general alumbra el portal cuando así se le demanda, pero nada sucedió. Pasados los primeros minutos de confusión, y tras correr como pollo sin cabeza comprobando que ninguno de los interruptores interrumpía el correcto fluir de los electrones, hacia la bombilla, entre en depresión al intuir que algo no iba bien.

Lo que debía ser un gozoso comienzo de un reparador no hacer nada, se convertía por momentos en un final anticipado y no deseado de todo. Nuestras miradas se cruzaron y pude intuir la rabia contenida de ella. Para no ser menos la mala leche desmelenada se apodero de mi voluntad, maldecí entre otros a Thomas Alba Edison por su inestimable contribución para convertir a la electricidad en el motor del mundo moderno y ser por tanto culpable de mi actual y desamparada situación de homo deselectrificatus. Entre la vorágine de insultos y descalificaciones personales y familiares a los causantes de tan horrible crimen contra mi persona que manaban por mi boca, pude escuchar como mi ella me sugería que quizá la solución fuera contactar con el suministrador energético e intentar así conocer la causa de la falta y la forma de recuperar el fluido vital. Siempre he envidiado la capacidad del cabeza de familia de mi hogar, para devolverme al uso de la razón con un solo par de frases y sacarme del bucle insultativo sin fin en el que suelo perderme.

Dicho y hecho, armado del teléfono móvil de mi ángel de la guarda, me dispuse a contactar con la eléctrica. El primer problema surgió al ir a marcar y descubrir que desconocía lo que. Vuelta a la desesperación y nuevo rescate de mi ella. En un santiamén se puso en contacto con su amiga del alma y consiguió un número telefónico. Con el preciado código en la mano procedí al marcado del 902 20 15 20 y hay dio comienzo una nueva desventura. 


Una voz grabada sobre un fondo musical me da la bienvenida y me avisa de que me ahorre los insultos, ya que la comunicación puede ser grabada, para luego preguntarme si quiero hablar de gas, de electricidad o de otros. A mi que en ese momento lo que me apetecía era hablar de la santa madre del presidente del consejo de administración, creí ver en el “otros” la invitación ha hacerlo. Gracias al manos libres, mi ella evito mi tontería. Electricidad declamo con claridad dirigiéndose a la máquina, que inmediatamente le contesto repitiendo como un loro mecánico la palabra, y reforzando nuestra autoestima por el logro con un "bien", para luego pedirnos que le indicáramos que queríamos de una interminable lista, cuyo penúltimo itén era averías. Soy observador y enseguida me quedo con las cosas, por eso lance un "averías" dispuesto a demostrar a la puta máquina quien mandaba allí.

Yo que en múltiples ocasiones he sufrido desengaños, iba a ser víctima del peor de ellos, la insubordinación de la máquina que para dejar claro que no me reconocía como su señor me contesto con un "perdone pero no le he entendido". Con el ánimo por los suelos, suplique con la mirada la ayuda de mi bollo y medio, que susurro un sensual "averías" que inmediatamente fue reconocido por la infernal criatura. El robot de voz femenina y claramente antagonista de todo lo masculino que hay en mi, que es mucho, pidió a continuación unos datos identificativos que seguramente consideraba que cualquier ser humano debía conocer, so pena de parecer iletrado o memo. "Diga la referencia del contrato" espeto, yo que no suelo viajar con copia de todos mis contratos de suministro, sentí como la jodida autómata había vuelto a hacerlo, me había desafiado y vencido otra vez. Sabedora de su victoria quiso rematarla con un condescendiente "si no la conoce diga, no lo se" que me obligaba a reconocer explícitamente mi derrota.

Llegados a este punto tengo que aclarar que aun no siendo ni mucho menos de género bravucón y pendenciero, la cosa me estaba tocando ya los cojones. Pero como lo importante no es ganar sino participar, y lo que quería era participar de unos días de relax y que para ello necesitaba de la corriente alterna, me comí mis agallas y pase bajo sus horcas caudinas diciendo con claridad y dignidad, "no lo se". Parece que mi rendición quedo clara para el maldito trasto con quien me veía obligado a interactuar, que en magnánima actuación decidió rebajar el nivel de los datos pedidos hasta un asequible "diga el numero de su Documento Nacional de Identidad, incluida la letra". En tono sumiso, calmoso pero firme fui recitando los números y letra de mi DNI. Ella como reconocimiento a mi esfuerzo, cedió la palabra a una voz masculina, sin duda a su servicio, que fue repitiendo cada uno de ellos para luego dejar a su dueña que preguntara "¿es correcto?", a lo que respondí de inmediato con un claro y rotundo "si señor". Tras preguntar por mi apellido y dos obviedades más sobre la ausencia de corriente en mi casa y el disfrute de la misma por mis vecinos más cercanos, nos informo de que iba a ceder la palabra a otro actor de este drama, un secundario sin duda, un interlocutor humano.


A partir de este momento todo sucedió con entera normalidad, "soy R... , ¿en que puedo ayudarle?". Secándome las lágrimas de felicidad que corrían por mi cara acerté a decir entre emocionados balbuceos la causa de nuestras cuitas y tan solo 10 minutos más tarde conseguí arrancar de mi interlocutora el firme compromiso de que se nos enviaría con gran inmediatez, a los técnicos de guardia de la zona para poner brillante y festivo punto final a nuestro doloroso y oscuro estado.

Eran las tres y media y mi delicado tracto estomacal gritaba como cerdo demandado su sostén alimenticio. Sugerí ir a tomar algo al comedero más próximo y una vez más mi bella me saco del error con un sugerente "pero tu estas tonto, y si aparecen los técnicos eléctricos durante nuestra ausencia". Pedí disculpas por mi inocente e inexperta sugerencia, pero insistí en buscar algún alivio a la demanda alimenticia de mi cuerpo. Con un "tenemos gas y tenemos vituallas en las bolsas" dio rápida solución a mi demanda.

Con el estomago adormecido por la ingesta, me dispuse a recibir la visita de los portadores de nuestra deseada y eléctrica felicidad. Tan solo cuatro horas más tarde, sentimos como aporreaban con firmeza la puerta, si amiguitos eran ellos. Tras explicarnos que la avería
era de escasa complejidad técnica ya que solo consistía en que por descuido o errónea información, un subcontratista de la eléctrica, sin mala intención por su parte y en un despiste sin importancia, había procedido a desconectar nuestra toma eléctrica y no como correspondía la del vecino que había solicitado hace meses la baja del servicio . "Sin importancia" brame, eso si para mis adentros no fuera que se tomaran a mal mi indignación y surgieran inesperadas dificultades para restablecer la conexión.

Destrozado y humillado, con el sol desaparecido desde hacia una hora o más, concluyo para mi este estimulante día de calvario primaveral.

No hay comentarios:

Publicar un comentario